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JORGE GARCÍA USTA

Antecedentes y perfil.
Una revista por la ciudad
que no siempre se ve

La historia de Noventaynueve se inicia a comienzos de los años noventa, cuando apenas iniciábamos nuestros estudios universitarios. En medio de largas discusiones y teorías para arreglar el mundo, emprendíamos nuestras primeras aventuras editoriales de carácter estudiantil, literario o académico, en la Universidad de Cartagena. Allí canalizábamos, en artesanales folletos o cuadernillos, la necesidad de expresarnos sin importar el medio.

Después de la universidad, en 1995, pudimos estar en un periódico de verdad: el recién nacido Periódico de Cartagena donde, todos los días, durante dos años de tinto y agua, nos tropezábamos con la ciudad real, con la Cartagena distinta, la que no sale en las postales ni en las fotos de los turistas, esa que mirábamos e intentábamos retratar. Unos desde las páginas económicas, otros como redactores judiciales, culturales, editores internacionales, correctores de estilo, o colaboradores, aprendíamos aceleradamente, con la teoría pisándole los talones a la práctica, a hacer noticias. Y crónicas, reportajes, análisis y artículos de opinión. Pero las leyes del mercado no perdonan y, luego de cerrado el periódico, algunos nos distanciamos del ejercicio periodístico que tánto disfrutamos y padecimos.

Luego, por casi un año, los sábados, a las tres de la tarde, hacíamos “Días de Radio”, un magazín cultural donde, en 1998, hablábamos de música, política internacional, cine, de las actividades culturales y deportivas de los barrios y hasta de medicina alternativa.

Después de eso, en 1999, a los abogados y economistas se unieron los historiadores, escritores y lingüistas –todos menores de 30 años-. Y esa necesidad de hablar, de escribir, de expresarnos y de escuchar otras voces nos llevó a crear Noventaynueve. Una revista que, como dice el editorial de su primer número, “quiere ser la expresión de una generación que aún no habla de ella misma. Una generación que llegó tarde al sigo XX pero que nunca hará parte del siglo XXI”. De esa idea nació el nombre de la revista.

Los dos primeros números fueron dirigidos por el escritor y profesional en Lingüística y Literatura Frank Patiño Romero, y desde el tercer número asumió la dirección de la revista la abogada y periodista Gina Ruz Rojas.

A Noventaynueve le interesa mostrar, y así lo ha hecho, las visiones de los jóvenes escritores, periodistas e investigadores sobre las realidades, problemas, construcciones y creatividades de la ciudad. Estamos convencidos de que una publicación que no muestre, vigilante y generosa, la irrupción de los jóvenes creadores, no podrá ayudar a interpretar su tiempo. Por ello estimulamos y difundimos la obra de quienes, desde diversos sectores del conocimiento, nos hablan de lo que ven y lo que quieren. En nuestras páginas están plasmadas esas diversas voces, con distintas preocupaciones, afanes y recorridos, indagando los misterios de los seres humanos, su angustia, su felicidad fugaz, provisional, incierta.

Y como esta ciudad –como todo conglomerado urbano- es compleja, cambiante, contradictoria y paradójica, sólo es interpretable a través de una diversidad de géneros, lenguajes y técnicas. Aquí es donde buscamos unir la inteligencia académica –entendida como una visión distinta y más informada de las realidades- con la experiencia y el lenguaje periodísticos para entender y tratar de explicar la gozosa y sufriente ciudad.

Ensayos, análisis, crónicas, artículos de opinión, entrevistas, reseñas, poemas, reportajes, cuentos, relatos, investigaciones y algunos híbridos contribuyen a dinamizar el proceso del pensamiento crítico y constructivo sobre lo que somos y lo que podemos ser en muy diversos lugares de la organización social; crear el espacio de intercambio de la experiencia, el diálogo y el disenso sociales; enfrentar las falsas jerarquizaciones impuestas por la esclerosis conceptual que fabrica efímeros héroes y heroínas en serie, y desoye la aparición de nuevos fenómenos, situaciones y valores, en los que la ciudad real muestra, vigorosamente, de frente o de lado, sus mil rostros. La ciudad se mueve en tantas direcciones, engendra tantos submundos, alberga tantos personajes reales, que el periodismo moderno debe desplegarse en muchos géneros, enfoques y perspectivas para no quedarse corto.

Los medios de comunicación tienen diversas maneras de crear públicos y de influir en la vida social. El formato de revista nos ayuda a mirar las cosas invisibles primordiales con profundidad analítica, con detenimiento, desde varios flancos. Nos permite mostrar más ampliamente los sucesos sin la tiranía del espacio, la preocupación del tiempo, ni la premura de la chiva.

Nuestra visión de la ciudad está plasmada en los contenidos de la revista. Desde el primer artículo publicado en Noventaynueve hemos dado cuenta de las diversas formas en que entran en choque esas dos ciudades de las que tanto se habla ahora: la de mostrar y la de esconder. En ese entonces, a raíz de la polémica generada por el nombre y la destinación del recién reinaugurado teatro “Heredia - Adolfo Mejía”, -como terminaron llamándolo para “conciliar” las dos posiciones-, quedó en evidencia una vez más la visión de cultura nobiliaria, hispanófila y elitista de un sector de nuestra ciudad, enfrentada a la visión que reconoce y divulga los aportes de los creadores y gestores populares.

Resaltamos, también en esa misma línea, la visión de cultura popular contra la hispanofilia reinante, las ideologías, la función de la literatura y la preocupación por escribir bien de la revista En tono menor y de sus creadores, hace más de veinte años, quienes hoy son escritores y académicos de reconocimiento internacional.

En ese primer número hicimos además un análisis sobre cómo los medios de comunicación locales muestran las noticias sobre mujeres, reflejando el discurso institucional, burocrático, académico, económico y político dominante que construye y perpetúa una feminidad normativa, regida por los parámetros de subordinación, pasividad y superficialidad, atendiendo a su origen, condición económica y raza.

En el segundo número hablamos de la pugna por el espacio público en Cartagena y la ausencia de una planeación urbana que favorecen el crecimiento desordenado de la urbe, con una oficialidad que concentra sus esfuerzos y presupuesto en la zona turística e invisibiliza y excluye a la mayor parte de la ciudad. Presentamos una reflexión basada en las letras de la champeta, indagando su imaginario cultural y explorando su tradición afrocaribeña y la marginalidad y la violencia cotidianas. Hicimos un recorrido por el accionar político y literario de Marta Sierra, una cartagenera que durante los 70 y 80 logró descollar en la actividad estudiantil y convertirse en una aguda crítica social y destacada escritora.

En nuestra tercera salida, hablamos sobre la prostitución infantil y juvenil en Cartagena, el impacto social negativo que tiene una obra como el Corredor de Carga en los barrios de la zona suroccidental, la crisis de la salud pública y la indolencia oficial reflejadas en el drama de una mujer que murió de sida implorando atención en la puerta de un hospital. Pero también hicimos un recorrido por la vida y obra del notable compositor Adolfo Pacheco, analizamos el fenómeno de hibridación de los imaginarios populares en Cartagena, resaltamos la paradoja y vigor de las Fiestas de La Candelaria como tradición festiva religiosa y la riqueza y complejidad de la obra poética de Luis Carlos López, entre otros temas.

Durante 2003, y así lo decimos en el editorial del número 4 de la revista publicado en ese diciembre, las estadísticas nos reiteraron lo difícil de la situación del Caribe colombiano. A la crónica pobreza, ya miseria en gran parte de la población regional; a la precaria educación y los irrisorios índices de lectura; a la dispersión de los esfuerzos de sus estamentos dirigentes y académicos; a la indiferencia oficial y ciudadana ante la crisis hospitalaria; se suman las violencias múltiples que ensombrecen aún más, si cabe, la situación del mundo urbano costeño y las legiones de desplazados que recorren sus ciudades como una nueva y monstruosa acusación contra el optimismo, la inercia o el desprecio institucionales. Cartagena no es, en este marco, una ciudad distinta. Mirarla puede cegar, por su belleza natural y su pasado histórico, pero también por su horror social y su impresionante penuria presentes.

La ciudad ha crecido en forma desbordada, y lo continúa haciendo sin que, desde algún sector del poder oficial, broten iniciativas globales y consensuales, que puedan al menos paliar la creciente tragedia social. A Cartagena se le ha endosado, sin el menor respeto por sus potencialidades reales, sucesivos bautizos cosmetológicos y papeles ornamentales. Lo que gana en elogios etéreos e inconvenientes, lo pierde en dinamismo social, en movilidad económica, en desarrollo urbano. Una ciudad de rumba para usar y tirar. Cualquier negocio, casi siempre inexplicado en sus orígenes y en sus consecuencias reales, pero presentado como un nuevo y radiante acto de beneficencia social, toma a Cartagena como escenario y a sus habitantes como depositarios de beneficios muy comentados pero prácticamente intangibles.

Esta crisis de la ciudad, pero también su creatividad esperanzadora, tienen expresión en el cuarto número de la revista. En él analizamos el aumento impresionante de la criminalidad y la violencia urbanas durante el año pasado, y la inequidad de género en la administración pública de la ciudad y en los espacios empresariales y académicos públicos y privados.

La resistencia social y la solidaridad están presentes en una crónica sobre dos veredas pobres fundadas y levantadas a pulso de sus habitantes en la Boquilla, en terrenos privados, al lado de hoteles cinco estrellas. El papel aglutinador y fundacional de las tiendas de barrio en Cartagena, sobrevivientes a la avalancha de micromercados impersonales, y una visión del rap como expresión de una estética grupal urbana juvenil en la ciudad, ayudan a complementar el panorama de creatividad y recursividad ciudadanas en medio de la exclusión.

Publicamos además las conclusiones de dos foros organizados por la revista: Cómo reinventar las fiestas populares de noviembre y Cómo se hace una revista cultural en Cartagena. En cada uno de ellos participaron más de 150 gestores culturales, estudiantes, artistas, investigadores y educadores que enriquecieron con sus propuestas la discusión.

Desde el primer número hasta el quinto, en Noventaynueve hemos reiterado nuestra convicción en la necesidad de regresar a los espacios de reflexión, a los talleres de creación, a las viejas discusiones y a la fe en la posibilidad de conocer y cambiar el mundo desde nuestras aldeas incomunicadas.

Una ciudad no puede vivir aislada de su entorno, con ínfulas de ombligo, ajena a la necesidad de construir región. Mirar y analizar también los procesos sociales y creativos de otras ciudades del caribe colombiano nos ayuda a reconocernos en el otro, a encontrar esas identidades y diferencias literarias, políticas, culinarias, raciales, musicales, artísticas, arquitectónicas, naturales y festivas que nos enriquecen.

Hay que seguir luchando por la valoración, el reconocimiento y la atención a las mentalidades creativas, a los valores sociales y culturales, en los espacios de decisión de la ciudad, como posibilidad de construir un mejor destino. Mientras tal destino se erige, nosotros necesitamos análisis, enfoques e historias que muestren esa ciudad que no siempre se ve.

En un mundo que entierra sus sueños, en un país en fuga, entre arsenales y flores, cada quien con su paz y con su guerra, cada quien sin su pan y sin su techo, encontramos una ciudad vendida al mejor postor. Una ciudad fotografía, sin gente, sin alma. Una ciudad que siente vergüenza de quienes la sudamos y soportamos los días comunes y corrientes. Una aldea que requiere hacer altos en sus caminos, mirar a lado y lado y hacer de la solidaridad y la construcción colectiva las mejores armas contra la eficiencia y la competitividad que impone el mercado. Sin sus habitantes, la ciudad no sería ese espacio de convivencia y crecimiento colectivos, de creatividad y recursividad, de resistencia y lucha sociales. ..


Consejo Editorial

Directora
...
Gerente
AARON ESPINOSA ESPINOSA
Consejo Editorial
FREDDY ÁVILA
AARON ESPINOSA ESPINOSA
IRINA JUNIELES ACOSTA
FREDY MACHADO LÓPEZ
AUGUSTO OTERO HERAZO


La Corporación
La Corporación Cultural Noventaynueve es una organización civil, sin ánimo de lucro, de carácter privado e interés social, creada por un grupo de profesionales de la costa caribe colombiana con el fin de promover las diferentes manifestaciones culturales, y en especial, publicar y distribuir la revista Noventaynueve.

Objeto
La CORPORACIÓN CULTURAL NOVENTAYNUEVE tiene como finalidad realizar, promover, fomentar, asesorar y financiar investigaciones, creaciones y publicaciones impresas y audiovisuales en materias sociales, económicas, artísticas, folclóricas, musicales, literarias, de género, de desarrollo urbano, culturales, periodísticas propias y de las personas o grupos de personas que participen en estos procesos, contribuyendo a la difusión y promoción de la cultura. En el desarrollo de este objeto la Corporación publicará y distribuirá periódicamente la revista de investigación cultural NOVENTAYNUEVE como una contribución al estudio y conocimiento de la ciudad de Cartagena, la Región Caribe y el país en general. De igual manera desarrollará independientemente o en asocio con otras personas naturales o jurídicas actividades académicas y pedagógicas tales como talleres, seminarios, foros, conversatorios, cursos, etc. de estudio, discusión y capacitación en temas como periodismo, literatura, ciudad, cultura, historia, patrimonio, desarrollo urbano, estudios de género, etc.

Junta Directiva
Presidenta: ...
Vicepresidente: AUGUSTO OTERO HERAZO
Secretario: FREDY MACHADO LÓPEZ
Tesorero: AARON ESPINOSA ESPINOSA
Fiscal: IRINA JUNIELES ACOSTA
 
 
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